Herència Ruyet: por qué los nietos de unos payeses del Penedès acabaron haciendo vino en el Priorat
En abril de 2020, como casi todos, los tres hermanos Ruyet estábamos encerrados en sitios distintos: uno en Barcelona, otro en Chile, otro en Vinaroz. Como todo el mundo, de golpe, la pandemia nos hizo descubrir la fragilidad sobre la que estaba construida nuestra vida. En realidad no éramos dueños de nuestro trabajo, ni de nuestro negocio, ni siquiera (y ese fue el shock) de nuestra libertad personal. La ilusión de control de nuestra vida se rompió. Todo ello nos llevó a tener, en la distancia, largas conversaciones sobre qué estábamos haciendo. Tras largas charlas frente a una pantalla, nos surgió la pregunta más incómoda: ¿estamos construyendo algo de verdad?¿algo más perdurable que nosotros?

¿Y sí...?
Los Ruyet somos nietos de payeses del Penedès. Los Valls Esteve de Cal Sec. Nuestra abuela (la iaia Joana) nos contaba cómo, al final del verano, pisaba la uva en Gelida. Esa historia la escuchábamos como algo bonito, pero ajeno: un mundo que se había cerrado antes de que llegáramos. ¿Y sí volvíamos a eso?
¿Nostalgia? No exactamente. Quizá algo más concreto: poner un pie en el territorio, ser dueños de un trozo de tierra. Un olivo, un algarrobo o una cepa de viña no las confina nadie. Pero, además -y esto no sabemos muy bien como escribirlo sin sonar solemnes- es dejar un sitio a los que vienen detrás y, con ello, una razón para seguir viéndose.
Uno de los tres lleva quince años viviendo en Sudamérica, así que sabemos muy bien cómo funcionan los vínculos de todas las familias del mundo: las relaciones no se rompen, se diluyen... Un día se ven menos, otro se cuentan menos, y de pronto, sin muy bien saber porqué, los hijos de unos y otros son unos desconocidos con un mismo apellido. No hay buenas intenciones sin vínculos, y no hay vínculos sin verse. La pantalla de la computadora no es un sitio al que se pueda volver a nada.
Una viña obliga. Hay que podar. Hay que limpiar. Hay que vendimiar. Hay que decidir qué se hace con ella. Dentro de treinta años, unos primos que hoy no beben vino tendrán que sentarse a hablar de esta finca. Eso es la herencia. El vino es la excusa.
Por qué el Priorat
La respuesta corta es que el Priorat nos llegó por matrimonio. Una de las fundadoras de Herència Ruyet está casada con un Rialp, la familia propietaria de la casa señorial de la Conreria de Scala Dei, en Escaladei: el lugar donde los cartujos administraban lo que fue el origen de la viticultura de esta comarca.
Suena a golpe de suerte, y en parte lo fue. Pero también explica por qué no acabamos en el Penedès, que habría sido lo lógico. Cuando empiezas a mirar un territorio de cerca, desde los ojos de una familia que lleva generaciones allí, deja de ser un mapa y empiezas a verlo como un sitio donde podrías estar. Los de Rialp son el Priorat. Nuestras raíces estaban en el Penedès; en el presente aparecía el Priorat. ¿Y si fuera el lugar desde donde recuperar el pasado y, sobre él, construir un futuro?
Les Planes
La finca de "Les Planes" está cruzada por la carretera que va de la Vilella Baixa a Cabasés, en el Priorat. En la partida del mismo nombre, hay más de 2.500 cepas de viña plantada desde los años noventa. Garnatxa Negra, Carinyena y Cabernet Sauvignon, se reparten en parcelas sobre dos suelos que no se parecen en nada: arriba, en las laderas altas, la llicorella histórica del Priorat; abajo, cerca del río Montsant, suelos calcáreos y aluviales.
La Sra. Joana Sabaté, la propietaria, vendió esa uva a granel durante años, como tantos otros pequeños propietarios de la comarca. Hacer vino propio no era una urgencia: pide tiempo, conocimiento y, sobre todo, decidir hasta dónde quieres llegar. Sus hijos no querían gestionar las viñas. Y es así es como funciona esto... No hay épica: no se pierden las tierras por una catástrofe, se pierden porque a la generación siguiente le queda lejos. Nos vendió la finca en 2020.
Hay una cierta ironía en todo esto. Los Ruyet compramos "Les Planes" a una familia que la soltaba justo cuando nosotros buscábamos algo con que que atar a la nuestra. La misma tierra, y dos generaciones desenganchándose y enganchándose a la vez.

Detrás de cada botella de Herència Ruyet hay una idea heredada de un pueblo del Penedès, una viña en un pueblo del Priorat donde la viña sigue siendo el centro, y una familia que ha decidido construir algo que no le pertenece del todo a ninguno. Esa es nuestra apuesta: que dentro de cincuenta años alguien que aún no ha nacido tenga que ir a La Vilella Baixa a decidir algo. Y que, al llegar, se encuentre con sus primos.

